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Madeira

Si la isla de Porto Santo fue oficialmente descubierta en 1418 por el navegador João Gonçalves Zarco, al año siguiente lo hacía la isla de Madeira por el mismo navegador. Se habían descubierto así las dos islas habitables del archipiélago, a pesar de que ninguna de ellas lo era en ese tiempo y de que su colonización no se inició hasta 1425.

Administrativamente, se crearon tres capitanías en el archipiélago: una en Porto Santo, cuyo primer capitán donatario fue Bartolomeu Perestrelo; y dos en la isla de Madeira, la de Funchal, entregada a João Gonçalves Zarco, su primer donatario, y la de Machico, que tuvo como primer capitán donatario a Tristão Vaz.

Portugal comenzaba así su era de los descubrimientos y escribía una nueva página en la larga historia de la civilización occidental.

Desde muy temprano, Madeira se convirtió en el primer y más importante enclave comercial insular del océano Atlántico. Con el aumento de las exploraciones geográficas y comerciales de la costa occidental africana y, más tarde, con la expansión de los descubrimientos portugueses, fue creciendo la importancia de Funchal como puerto de escala de los navíos portugueses de camino al Golfo de Guinea y, posteriormente, Brasil y la India.

Los descubrimientos y la actividad comercial basada principalmente en la producción y exportación de azúcar, aunque también vino, verduras frescas, carne y leña para aprovisionamiento de las embarcaciones que hacían escala en Madeira, sobre todo a partir de finales del s. XV, inicios del s. XVI, promovieron la influencia del archipiélago en el Atlántico y catapultaron la ascensión de la villa de Funchal a ciudad a comienzos del s. XVI, concretamente en 1508.

Empezaba de esta forma el ciclo económico del azúcar en la historia de Madeira, que perduraría por más de un siglo como principal fuente de riqueza de sus habitantes. En esta época se multiplican los intercambios comerciales del puerto de Funchal con los principales puertos comerciales italianos del Mediterráneo y los de Flandes, en el Mar del Norte. Con esta evolución, arriban a la isla varias familias de negociantes y financieros originarios de dichas tierras, que acaban por establecerse en el archipiélago.

A finales de la primera mitad del s. XVI, con la aparición de producciones azucareras competidoras en Canarias y en Santo Tomé y Príncipe –nuevos archipiélagos colonizados mientras tanto por los portugueses–, así como en Brasil, empieza a declinar la supremacía madeirense en la producción y el comercio internacional de azúcar. A lo largo de la segunda mitad de dicho siglo se asiste, por consiguiente, a la reducción sistemática de la demanda dirigida a este producto madeirense y a sus derivados.

Paralelamente al declive del azúcar, crece la producción y expansión comercial del vino madeirense que, a lo largo del s. XVII, evoluciona hacia un vino generoso de sofisticada producción, ya que, a nivel local, se introducen medidas precisas de aguardiente que estimulan su envejecimiento en condiciones de excelente conservación. Daba inicio así el ciclo económico del vino, y con él una nueva era de prosperidad de la economía insular madeirense.

Ya anteriormente, el vino era exportado a las principales ciudades europeas de la época y existen registros que confirman que era consumido y muy apreciado, incluso por el clero parisino. Su evolución hacia un vino generoso, sometido a un proceso de maduración de dos a tres meses a temperaturas constantes en torno a los 45 °C, lo convirtió a finales del s. XVIII y comienzos del s. XIX, junto con el Oporto y el Jerez, en uno de los vinos generosos más famosos y apreciados del mundo occidental de la época.

Este segundo gran ciclo económico alcanza su auge a mediados del s. XIX y se interrumpe casi abruptamente con la propagación, por toda Europa, de la destructora plaga Phyloxera Vastatrix, traída al viejo continente por las castas americanas y que, en pocos años, aniquiló la casi totalidad de la producción vitivinícola insular. Curiosamente, la cura se consiguió con injertos exitosos entre las castas europeas infectas y las referidas castas portadoras del virus e inmunes a él. Se retomó entonces la producción y comercialización internacional del vino Madeira, aunque ya no a la escala anterior, debido a que sus competidores Oporto y Jerez recuperaron igualmente sus mercados y capacidades de producción, 10 y 50 veces superiores a la madeirense, respectivamente.

Se cerraba un nuevo ciclo económico de la historia de Madeira. No obstante, la enorme exposición del archipiélago en el marco internacional a lo largo de siglos había permitido la consolidación de la imagen de una tierra con vegetación exuberante y un clima agradable, extraordinario para la salud, cuya fama para la cura de enfermedades pulmonares traspasó fronteras y conquistó la simpatía de la nobleza europea de finales del s. XIX, comienzos del s. XX. Así, familias reales, como la holandesa y la sueca, o imperiales, como la austríaca o la brasileña, enviaron a Madeira a algunos de sus más ilustres príncipes y princesas para pasar temporadas de convalecencia de dichas enfermedades. Nacen de esta forma los primeros hoteles de la isla, con el objetivo de hospedar a tan ilustres visitantes y, con ellos, una industria turística floreciente que, a nivel mundial, daba también sus primeros pasos. Era el inicio de un nuevo ciclo económico de desarrollo de Madeira, el ciclo del turismo, que llega hasta nuestros días.

La aparición y expansión, a lo largo de la primera mitad del s. XX, de una industria de cruceros marítimos que proliferó en el Atlántico, ayudó, con sus escalas en Madeira, a consolidar la industria turística insular madeirense.

Le siguieron, en la segunda mitad del s. XX, los vuelos fletados con destino turístico y estancia prolongada. A pesar de su reducido tamaño territorial, Madeira consiguió mantenerse en los circuitos turísticos internacionales y sigue siendo el destino elegido por un número razonable de turistas, sobre todo de origen europeo. Sin embargo, la sociedad posinformación y la globalización de la economía a nivel mundial rápidamente permitieron el acceso facilitado a innumerables nuevos destinos turísticos exóticos a precios que compiten con los ofrecidos por Madeira en sus mercados tradicionales.

Surgió, entonces, la necesidad de buscar nuevas vías para el desarrollo sostenible de la economía madeirense, diversificándola y consolidando sus bases de sustentación. En este ámbito, además de la completa renovación de las infraestructuras regionales, de la UMa - Universidade da Madeira y del Madeira Tecnopolo, se creó el Centro Internacional de Negocios de Madeira, que permitió diversificar e internacionalizar la economía regional, actualmente la segunda más rica de Portugal.

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